En este momento estás viendo Convivencia de final de curso en Bocairent: fe, amistad y acción de gracias
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Los cursillistas de Valencia compartieron una jornada de Eucaristía, visitas culturales, convivencia fraterna y oración para dar gracias por el curso vivido y renovar la ilusión por la misión.

Hay días que se recuerdan por lo que se hace, y otros por lo que Dios hace en nosotros. La convivencia de final de curso en Bocairent fue, sin duda, de estas últimas.

La mañana nos recibió con un cielo completamente despejado y un ambiente ya cálido desde primeras horas. Las temperaturas rondaron los 20 ºC al comenzar el día y alcanzaron cerca de 31-32 ºC durante la tarde, en una jornada plenamente veraniega, luminosa y sin lluvia. 

Poco a poco fueron llegando los cursillistas a la plaza de la parroquia. Los saludos, los abrazos y los «¡De Colores!» sonaban con esa alegría sencilla que sólo nace cuando uno sabe que vuelve a encontrarse con su familia en la fe. No era únicamente una excursión; era el reencuentro de una comunidad que sigue caminando unida después de tantos Cursillos, Ultreyas y Escuelas.

La Eucaristía, celebrada en la majestuosa parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, fue el verdadero centro del día. Allí, ante el Señor, dimos gracias por el curso que termina, por las personas que Él ha ido poniendo en nuestro camino y por tantos dones recibidos. Al contemplar la iglesia llena, resulta fácil recordar una de las grandes intuiciones del Movimiento: Cristo sigue contando con personas concretas para llegar a los ambientes concretos. Cada banco ocupado representaba una historia, una vocación y una misión.

Terminada la celebración, comenzó la primera visita guiada.

Nuestro recorrido nos llevó primero al Museo Parroquial, donde fuimos descubriendo auténticos tesoros de la fe que han acompañado durante siglos a la comunidad cristiana de Bocairent. Custodias, ornamentos, esculturas, documentos y piezas de gran valor artístico nos hablaban de generaciones enteras que vivieron su fe con sencillez y la transmitieron a quienes vinieron después. Cada sala nos recordaba que nosotros también formamos parte de esa historia de hombres y mujeres que intentan responder al amor de Dios en su tiempo.

Después continuamos la visita en el Museo Etnográfico, donde la historia dejó paso a la vida cotidiana. Allí contemplamos cómo vivían nuestros antepasados, sus herramientas, sus oficios, sus hogares y sus costumbres. Fue una ocasión magnífica para recordar que la santidad no se construye lejos del mundo, sino precisamente en medio de él. En el trabajo diario, en la familia, en las relaciones humanas, en los ambientes donde cada uno desarrolla su vida. Allí donde el Movimiento siempre nos invita a ser fermento de Evangelio.

Las calles empinadas, las fachadas de piedra y los rincones llenos de historia fueron el escenario perfecto para continuar compartiendo conversaciones. Caminábamos admirando la belleza de Bocairent, pero sobre todo disfrutando de la alegría de volver a encontrarnos. Porque en Cursillos siempre termina ocurriendo lo mismo: el lugar es precioso, pero las personas lo hacen inolvidable.

Llegada la hora de la comida, nos reunimos en el salón parroquial. Cada uno había preparado su propia comida y, además, había llevado algún aperitivo para compartir con los demás. El Movimiento puso las bebidas, pero el verdadero banquete fue, una vez más, la amistad. Sobre las mesas aparecieron tortillas, empanadas, ensaladillas, embutidos, cocas, frutas y tantas otras especialidades preparadas con cariño. Todo iba pasando de unas manos a otras con absoluta naturalidad, porque compartir forma parte del ADN de un cursillista.

Las conversaciones llenaban el salón entre risas, anécdotas, recuerdos de antiguos Cursillos y proyectos para el próximo curso. No había prisas. Sólo el placer de disfrutar de estar juntos.

La sobremesa fue, si cabe, todavía más entrañable.

Mientras el aroma del café invitaba a prolongar el encuentro, llegó el esperado concurso de bizcochos y postres caseros. Los participantes nos sorprendieron con auténticas delicias elaboradas por ellos mismos, que compartieron generosamente con todos los asistentes. Pudimos degustar bizcochos, tartas y otros dulces preparados con mucho cariño mientras el jurado deliberaba entre bromas, aplausos y sonrisas.

Hubo premios para los tres primeros clasificados, pero lo mejor no fueron los reconocimientos. Lo verdaderamente importante fue el ambiente que se respiraba. Esa mezcla de sencillez, cercanía, humor y fraternidad tan característica de nuestras convivencias. Uno miraba alrededor y comprendía que aquello era mucho más que una comida o un concurso. Era una familia disfrutando de estar reunida. Era la amistad convertida en evangelio vivido.

Y quizá sea precisamente ahí donde reside una de las mayores riquezas del Movimiento. Porque muchas veces el Señor se hace presente en las cosas aparentemente más pequeñas: una conversación tranquila, una mesa compartida, una sonrisa, un café, un postre preparado con cariño o una carcajada que une todavía más a quienes caminan juntos.

La tarde nos reservaba un momento muy distinto.

Nos dirigimos al Monasterio de las Carmelitas Descalzas, una comunidad que desde hace siglos sostiene silenciosamente la misión de la Iglesia mediante la oración. Si durante la mañana habíamos contemplado la belleza de la fe hecha historia y durante la comida habíamos disfrutado de la fe hecha amistad, allí descubrimos la fe hecha silencio.

La visita nos permitió conocer un poco mejor la vida contemplativa y el inmenso valor de quienes, ocultos a los ojos del mundo, sostienen con su oración la labor evangelizadora de toda la Iglesia.

En la capilla del monasterio vivimos el último acto de nuestra convivencia: una oración de despedida y acción de gracias.

Después de un día tan intenso, todo encontraba allí su sentido. Dimos gracias al Señor por lo vivido durante el curso, por los frutos que Él ha querido conceder al Movimiento, por los nuevos cursillistas, por quienes perseveran desde hace tantos años, por quienes ya partieron a la Casa del Padre y por quienes siguen anunciando con su vida que Cristo vive.

Mientras rezábamos, resultaba fácil comprender que toda nuestra acción sólo tiene sentido si nace de la gracia. Nosotros somos enviados a nuestros ambientes para ser testigos del Evangelio, pero sabemos que quien realmente transforma los corazones es el Señor.

Las fotografías que hoy contemplamos hablan por sí solas.

No muestran únicamente un pueblo precioso, una iglesia monumental o unos museos llenos de historia. Muestran algo mucho más valioso: una comunidad viva. Personas de distintas edades, matrimonios, jóvenes, sacerdotes, cursillistas veteranos y quienes hace poco descubrieron el Movimiento compartiendo un mismo día, una misma fe y una misma alegría.

Porque eso es, en el fondo, lo que celebrábamos.

Que seguimos caminando.

Que seguimos encontrándonos.

Que seguimos creyendo que merece la pena anunciar la mejor noticia que puede recibir cualquier persona: que Dios nos ama.

Terminamos el curso dando gracias y comenzamos el descanso con la esperanza renovada. Cada uno regresó a su casa sabiendo que la convivencia había terminado, pero que la misión continúa. Ahora nos espera nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos y nuestros ambientes. Allí donde el Señor nos sigue enviando para ser testigos sencillos, alegres y auténticos.

Porque el Cursillo no acaba nunca.

Continúa allí donde cada cursillista vive su cuarto día.

¡De Colores!